Política europea de transportes: la casa de los líos

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Que Europa, entendida ésta como la casa común es un invento, es algo que queda patente cada vez que Comisión Europea, Parlamento, o cada una de las comisiones temáticas se posiciona sobre el tema que sea. Da igual que se hable de economía, de transportes, infraestructuras o migración. Cada loco con su tema.

Solo así se entiende que, mientras Eddy Liégeois, jefe de la Unidad de Transporte por carretera de la Comisión Europea afirma tajantemente que la aplicación de un salario mínimo en el caso de trabajadores desplazados, se aplicará, y no es negociable, según sus propias palabras, al sector del transporte por carretera, aunque queda por determinar cómo se llevará a cabo, al mismo tiempo, la Comisión de Empleo del Parlamento Europeo propone excluir explícitamente el tránsito y el transporte internacional del ámbito de aplicación de la Directiva sobre el desplazamiento de los trabajadores, según este órgano porque “son muy móviles”.

La Comisión de empleo del Parlamento Europeo demuestra escaso o nulo conocimiento de este sector cuando argumenta, para apoyar la exclusión que “las empresas dedicadas al tránsito o al transporte internacional en un país concreto no compiten con las empresas de transporte de dicho país”. La cantidad de “trucos” que utilizan hoy en día las empresas para “saltar” alegremente la frontera entre el cabotaje y el transporte internacional son más que conocidas y fórmulas como las de las empresas buzón, una realidad cada vez más extendida.

Nuestros responsables de Transporte hablan de “que se protejan las condiciones sociales de los trabajadores del sector y que, a su vez, se favorezca la competitividad y eficiencia de las empresas dedicadas al transporte internacional de mercancías por carretera”. Algo que se antoja contradictorio a la vez que imposible.

En este tema, como en tantos otros, Europa está partida en dos por un lado quienes quieren a toda costa que el transporte sea objeto de una regulación más estricta, y por tanto deba someterse a la directiva sobre trabajadores desplazados y que éstos, además, compitan en las mismas condiciones laborales que los nacionales, haciendo cumplir asimismo el salario mínimo vigente en cada país al que se desplace. En este bloque, obviamente están países como Alemania, Francia, Holanda, Bélgica o Austria, entre otros. En el otro extremo, se sitúa el llamado bloque de Visegrado (Polonia, Hungría, Eslovaquia y República Checa), que no quiere renunciar a la ventaja competitiva que le aporta el tener un mercado laboral mucho más barato. Y por último nos encontramos nosotros, España, que, debe ser que por contagio de nuestros dirigentes, no se sabe muy bien qué es lo que queremos.

Nuestros responsables de Transporte hablan de medidas “proporcionadas, equilibradas y que tengan en consideración las particularidades del sector”... vamos, nada. O, por ejemplo, “que se protejan las condiciones sociales de los trabajadores del sector y que, a su vez, se favorezca la competitividad y eficiencia de las empresas dedicadas al transporte internacional de mercancías por carretera”. O sea, contradictorio a la vez que imposible.

No se puede estar en misa y repicando, que diría el sabio refranero español, aunque esto les cueste a nuestros representantes tener descontento a algún “socio comunitario”, porque lo que está en juego es algo más que la “marca España”, como dicen algunos. Está en juego el futuro de este sector.

Espero como siempre vuestros comentarios.

 

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